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Jornada de Bodegas abiertas en Ábalos

Sábado 6 de septiembre

Con la participación de las bodegas de El Corazón del Rioja Fernández Eguíluz y Ruiz del Portal, el sábado 6 de septiembre tendrá lugar la XVII edición de la Jornada de Bodegas Abiertas de Ábalos, con la participación de 10 bodegas de la localidad sonserrana.

Las bodegas estarán abiertas entre las 11 y las 16 horas, y además se podrá visitar dos museos y una bodega del siglo XVIII.

 

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TABERNAS, MESONES, VENTAS… LUGARES PARA LA ADQUISICIÓN Y EL CONSUMO DE VINO

El acto de beber vino propicia una forma de relacionarse, que oscila entre la transgresión de las normas imperantes y la atenuación de las diferencias entre los estamentos sociales. La voluntad de los poderes públicos de controlar los efectos de la ingesta de vino y encauzar las desviaciones del comportamiento aceptado, motivó la creación de las tabernas desde al menos el siglo XVI, cuya función era la dispensa y el consumo de vino. A su vez, las tabernas cumplían una función de recaudación fiscal, ya que sus adjudicatarios debían satisfacer determinadas cargas por la mercancía vendida.

Por ello, no es extraño que un lugar cargado de tanto significado y tan denso en aconteceres, chanzas, noticias y relaciones, haya sido abordado de manera abundante y prolija por la literatura.

“ La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas de vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por devoción
de santiguar todo lo que bebo.

Franco fue, Inés, este toque,
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

¿De qué taberna se traxo?
Mas ya ,,, de la del castillo
diez y seis vale el cuartillo,
no tiene vino más baxo.

Por nuestro señor, que es mina
la taberna de Alcocer,
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Alegre estoy, vive Dios:
mas oye un punto sutil:
¿no pusiste allí un candil?
¿cómo me parecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pinchel,
alto licor celestial;
no es el aloquillo tal,
no tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Que paladar! ¡Qué color!
¡Todo con tanta fineza!
(Baltasar de Alcázar. 1530-1606. “Cena Jocosa”)

“En cuestiones tabernarias tenía una riqueza de términos extraña. Tan pronto el vaso era un colodro como un charco, un quince o un tiesto, tomar unas copas entre varios era echar una ronda o tomar unas tintas. El vino era unas veces el morapio, el peleón, el pardillo, el mostagán, etcétera, y para la borrachera tenía quince o veinte términos: filoxera, cogorza, tranca, pítima, trúpita, castaña, melopea, papalina, etcétera, etcétera, y hasta necesitaba echar mano del vascuence para emplear la palabra mozcorra “
(Pío Baroja. 1872-1956. “Las noches del buen retiro”)

“… con sus tabernitas al lado del portal, donde se beben los vinos directamente de los pellejos tripudos, tumbados en un tablero y atadas sus bocas con una lía de esparto, cuyo extremos se sujeta a una escarpia de la pared, para que la boca del pellejo quede siempre alta y no rezume el vino. Sus parroquianos, carreteros y campesinos, saben desbocar los pellejos y beber a chorro en ellos los vinos broncos de 15 a 18 grados, que dejan la garganta seca de tanino y los labios morados de color”
(Arturo Barea. 1897-1957. “La Llama”)

“El vino, amigos, corría en torno a la mesa como el agua por el Sena. Un verdadero arroyo, como cuando ha llovido y la tierra está sedienta. Coupeau escanciaba el vino desde muy arriba para ver la espuma roja que sacaba el chorro de vino; y cuando se quedaba vacía una botella, hacía la gracia de retorcerle el cuello y apretarlo, al igual que las mujeres al ordeñar las vacas. ¡Una difunta más! En un rincón de la tienda, el montón de difuntas aumentaba, un cementerio de botellas sobre el que echaban los desperdicios del mantel. Al pedir la señora Putois un vaso de agua, el cinquero, indignado, apartó las jarras. ¿Acaso quería criar ranas en el estómago? Y los vasos se quedaban vacíos de un trago; se oía correr el líquido por la garganta, haciendo el mismo ruido que el agua de la lluvia al bajar por los canalones los días de tormenta. “Llovía un vino peleón que al principio tenía el gusto a viejo tonel, pero al que enseguida se acostumbraba uno, hasta el punto que parecía tener sabor a avellana. ¡Por más que dijesen los jesuitas, el zumo de uva era un gran invento! Los comensales reían y aplaudían; porque, en fin, el obrero no podía vivir sin vino, el tío Noé debió haber plantado las viñas para los cinqueros, los sastres y los herreros. El vino limpiaba el cuerpo y daba fuerzas para el trabajo, metía fuego en las entrañas de los vagos; además, si el morapio le gastaba a uno una mala pasada, pues, ¡muy bien!, había que ponerse al mundo por montera. París era de todos. El obrero, cansado de trabajar y con el culo a rastras, despreciado por los burgueses, tenía tanto de que alegrarse, que no se le podía reprochar que de vez en cuando empinara el codo para verlo todo de color de rosa”
(Emile Zola. 1840-1902. “Naná”)

“Bebimos despacio un vino áspero y frío que se deshacía en burbujas moradas contra las paredes de la jarra. Nos pasábamos la jarra el uno al otro y bebíamos en el mismo borde, como su fuera un rito ancestral de paz”
(Arturo Barea. 1897-1957. “La Llama”)